Transmigración

Decimosexta vez que muero en lo que no llega,

Los obispos de mis tetas se avergüenzan de la escasez de propósito.

No huir por huir, sobrepasar la estrangulada falsedad de rumiar

taladros de mazapán.

Morí por primera vez en el enfado de mi madre, por eso pelé las pipas del paquete,

dejé la sal en mi lengua y la efigie desnuda de cáscara- pureza tostada de saliva infante-

esperando tras la puerta. Mamá, no te enfades.

Morí por segunda vez cuando mis ojos se negaron a ver, deambularon ajenos al deber

en tránsito de concepto a necedad.

Por tercera vez en un garaje aproximado de placeres en drenaje,

ruda delicadeza agotó chasquidos en profecías caducadas,

para asomarme pulcra en clima tibio, sonidos inconexos se aproximaron al silencio

y la pregunta que nunca sucedió turbaba el entrecejo de innumerables respuestas: ¿Alguien te ha tocado?

La cuarta vez que morí sucedió a los veintinueve años, en realidad fue a los quince. Pero aún no los he cumplido.

Cuando mi cara se negó a expresar.

Cuando chocó tu llanto con mi verdad.

Cuando el humo me hizo desaparecer.

Cuando trunqué el amor para amordazarme.

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