La importancia de la imagen

No quise negarte la importancia de la imagen. Llego donde se pierden juicios y se ganan sentidos. Donde se aborda la práctica de la recolecta. El hábito incierto perdido en la religiosidad del calendario. Mi Dios es la humana sensación de dar vueltas a una idea que se resiste a consumar. Mi Dios es procurar atisbar infinito en cualquier momento. Mi Dios es hacer que la confianza sea algo parecido a la conciencia del tiempo. Sugiero que todo existe por el lado exacto. La precisión del misterio.

No quise negarte la importancia de la imagen. Siempre hablo de invisibles por pavor a mirar lo que puede tocarse. A tocar lo que puede deshacerse. El olvido del tacto pacta con la libido del espíritu. Conlleva una sed paranormal que busca puertas en el tránsito del cuerpo. El tacto se vulnera en lo ingrávido y surge el espectro.

Intento acomodarme en un estado de constante cambio. Confundo objeto con pensamiento. Me entretengo en desfases incontenidos, juegos de consola, evitar ácidos grasos, mascar chicle entre horas. No atiendo que la vida se decolora. Mi sombra se traduce en el pellejo del pie cuando suda. ¿Qué hago ahora? No cabe esa duda en la desidia absoluta de no ser entendida. Por si alguien me pregunta diré que soy una más en la masa de almas perdidas. ¿Al más qué? Al más adecuado colchón obligatorio para que el seguro médico mantenga mi equilibrio económico. Al más placer extendido parlotear sobre política mientras me entretengo ondeando mi fular de palestina, cuento cuántos muertos hallaron en la frontera y escribo una necrológica y me duermo como una perra.

No quise negarte la importancia de la imagen. Quiero hablarte de lo que queda cuando cerramos las puertas. Nos quedamos a oscuras. El grito de la mente se expande en la penumbra y ¿qué es lo que proyecta? ¿Qué es lo que proyecta?

Quizá la imagen que nos suceda sea un borrón sin cuentas nuevas.

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Pasa

Los entramados traman algo, me lo especifican con sencillas metáforas que se traducen a sí mismas.

Hay viento de polilla en el televisor de plasma y polvo detrás del espacio exterior.  Surgen nuevos pareceres en frentes violetas y me restrinjo, como ángel condenado a su dogma. Han pasado siglos de un año a otro y pasan escenas de masas clamando su nombre. Quieren reconocerse pero no hay gentilicio que quepa en su libertad. Desatarme del centro, prescindir del enchufe, despegar mi lengua del iceberg, mantener la mirada en un punto sin turbarme a apostar por su falsedad.

Entidades que transcienden en su transición, camufladas en su amplitud, reconocidas como nación, perpetúan desnudo generacional, despellejan, con los músculos escurridos y los huesos cada vez más pequeños, sus entidades desentendidas que mantienen su fragilidad, adolecen sinceras, se muestran en su nada, se pierden como sensaciones volátiles que revisten un segundo tras otro. Despellejadas, con los músculos escurridos y los huesos cada vez más pequeños….Ensalzo mi manifiesta inexistencia, como estas palabras que subyacen de algo que tampoco es nada, una mueca en la comisura de alguien que no es nada, una ola que embadurna el mundo, nada, un estruendo que ensordece el llanto. Algo. Algo. Algo…