Transmigración

Decimosexta vez que muero en lo que no llega,

Los obispos de mis tetas se avergüenzan de la escasez de propósito.

No huir por huir, sobrepasar la estrangulada falsedad de rumiar

taladros de mazapán.

Morí por primera vez en el enfado de mi madre, por eso pelé las pipas del paquete,

dejé la sal en mi lengua y la efigie desnuda de cáscara- pureza tostada de saliva infante-

esperando tras la puerta. Mamá, no te enfades.

Morí por segunda vez cuando mis ojos se negaron a ver, deambularon ajenos al deber

en tránsito de concepto a necedad.

Por tercera vez en un garaje aproximado de placeres en drenaje,

ruda delicadeza agotó chasquidos en profecías caducadas,

para asomarme pulcra en clima tibio, sonidos inconexos se aproximaron al silencio

y la pregunta que nunca sucedió turbaba el entrecejo de innumerables respuestas: ¿Alguien te ha tocado?

La cuarta vez que morí sucedió a los veintinueve años, en realidad fue a los quince. Pero aún no los he cumplido.

Cuando mi cara se negó a expresar.

Cuando chocó tu llanto con mi verdad.

Cuando el humo me hizo desaparecer.

Cuando trunqué el amor para amordazarme.

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Extrañar no es extraño

No me aflijo si los cuchillos miran hacia abajo.
Tiranías se revuelcan en venas y mueven a estas letras a contarlo todo.
Suena silencio el brinco de tumba en rienda suelta.
Camino sin pararme a buscar entre huecos, no sea que descubra al miedo mirar de frente.
Amanezco con señales por el cuerpo: Son los dientes de lo que debería haber hecho.
Cada día un trozo menos.
Se va alejando escurridiza la idea de yo entero.
Me sitúo entre las gentes. Muy pegada. Me embadurno de mordidas provenientes de otras pieles.
Rellena en esas carnes, intento conciliar el sueño.
Consciente que, seré menos yo, más huesos, y sobre todo, sobras.
Carnes mudadas de muelas, migas del plato, restos que me conceden una presencia, en el brusco intento de no ser nada.
Llega un momento en que la autocompasión no me seduce.
Es natural la fuga y requiebro de bacterias, rudimentos y esencias atómicas.
Que no soy yo entero, es una realidad.
Que no queda nada de mí en mí, es un hecho.
El drama de la desintegración le sucede al mundo.
Puedo agudizarme y sentir en qué detalles reparan los trozos que pierdo.
En muchos lugares me reconozco, en personas.
Encuentros de verdad me sitúan en esa rara identidad, ya desconocida.
Quizá sea una creación más de la mente.
Carnes y sales que yuxtaponen sentido e importancia a la dirección de los cuchillos.

Sé que no serás tan tirana para callar sin admitir, que me reconoces en tí

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